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Descargar PDF La universidad es uno de los terrenos de la educación superior. Se dice educación superior porque allí se materializan ciertos principios que la hacen diferente de los niveles que la preceden. Dichos principios pudieran resumirse en lo siguiente: lo superior es radicalmente diferente a lo inferior; lo superior contiene ciertas condiciones, una de las cuales es la exigencia de pensamiento. Lo superior implica autonomía y libertad pero también deseo y disposición. Lo superior es un fin y un medio. Lo superior alude a condiciones de entrega y a una cierta capacidad para asumirse por sí mismo.
Esta condición hace referencia a los sujetos los cuales se forman o viven la experiencia de la formación porque psicológica, social o biológicamente están ya en la capacidad de discernir entre lo deseable y lo no deseable, entre lo necesario y lo innecesario. Cuando se dice educación superior se impone de entrada una condición de desarrollo. Lo superior en educación son las facultades del pensamiento y de las prácticas. El adjetivo superior denota altura y desarrollo; dominio y capacidad y esto es una negatividad cuando está unido a la educación. Su negatividad consiste precisamente en objetivar los niveles de la educación, lo cual desde el plano filosófico significaría romper la esencia misma de la educación. La educación es una actividad humana gracias a la cual se transmiten los valores y saberes entre generaciones y está al servicio de un cierto modelo de cultura, economía y de sociedad. Pero también la educación es una instancia de lucha contra la miseria de lo humano. Ella debería no ser superior ni tampoco inferior. Pero, dado que la educación es un sistema, inscrita en un modelo de cultura y de producción los niveles se imponen como factores de diferenciación. Lo superior corresponde a los adultos educados en la escuela; lo inferior a los niños y analfabetos que aún no han alcanzado el dominio de ciertas facultades. Como experiencia humana, la educación es la única práctica social y moral que nos permite lograr una cierta altura. La educación es una actividad humana dirigida a lograr los valores y costumbres considerados como dignos para la supervivencia de nuestra especie. El hombre es la única criatura que requiere ser educada y por medio de ella, él escapa a su condición de animalidad, lo afirmaba Kant. Ella promueve el sentimiento de pertenencia, así como lo bello, lo deseable o lo verdadero de un valor, un saber y una enseñanza. ¿La educación superior se inscribiría en esta visión? Pues bien, la educación superior es la etapa posterior de los estudios escolares. Las personas que acceden a ella se supone gozan de una madurez suficiente para poder discernir entre lo bello, lo bueno y lo deseable. No obstante, la educación superior en nuestro medio está regida por otros aspectos. Inscrita en el sistema económico, ella reproduce el modelo de producción imperante. En nuestro medio tiene por vocación promover los saberes de las profesiones y forma profesionales. Como espacio de cultura, las universidades enseñan lo que es importante para una cultura de lo inmediato. La frase que se impone en nuestro medio “El que piensa pierde” resume lo que en los programas universitarios se trasmite: menos filosofía y más administración incluso de la felicidad; menos humanidades y más racionalidad técnica; más técnica para aplicar y menos problemas que obliguen a pensar. El aplicacionismo –ideología derivada de la racionalidad instrumental- se ha convertido en la práctica imperante de los programas universitarios. La ciencia se enseña como metodología y lo que llamamos investigación se restringe a lo puramente técnico-metodológico. Lo superior como capacidad de pensamiento y espiritualidad de la formación pierde toda esencia y esto es aún más grave cuando la universidad no sabe cómo paliar las deficiencias lectoras y escriturales de los estudiantes universitarios. Lo superior como capacidad se traduce, realmente, en inferior por la inmadurez y la poca capacidad para pensar verdaderos problemas. La educación superior supone de entrada un conjunto de saberes, prácticas, valores, normas, ejercicios, momentos, situaciones, problemas, objetos de conocimientos que se enseñan y se aprenden por sujetos maduros y dispuestos a comprenderlos, interpretarlos o explicarlos. Pero esta realidad, al menos en las universidades que gozan de una historia y práctica reducida de la investigación, es menos que posible dado los niveles de formación del profesorado y los limitados registros de cultura de los estudiantes. A esto se une la concepción de la formación la cual se ha restringido exclusivamente a la capacitación. Los conceptos desafortunadamente se trastocan así como se controvierte la autoridad del profesor cuando la universidad se privatiza. La pérdida de una real espiritualidad y del ritual del ser estudiante explica, en gran parte, la ausencia del genuino concepto de formación. En esta perspectiva, el presente número de la revista muestra un ejercicio distinto de la formación. Los dos objetivos de la Maestría en Educación Superior –ser un poco más cultos y saber escribir y leer- se han logrado como resultado de nuestra forma de entender la investigación. Investigar no es más que organizar y narrar lo que ya sabemos y conocemos sobre un problema. Esta certeza es el resultado de mi propia experiencia de formación. Por esto mismo, los artículos resultados de investigación en la Maestría dejan ver el crecimiento y madurez de los estudiantes. Cuatro artículos sobre didáctica en la universidad son el resultado de la investigación en el marco de macro-proyecto bajo mi dirección: Didáctica y didáctica de las disciplinas: comprensión y observación de sus conceptos fundamentales en el campo universitario. Cuatro artículos provenientes del proyecto de investigación liderado por la profesora-investigadora de nuestro programa Marta Lucía Sarria Materón: Discursos sobre la formación del profesor universitario: formación o capacitación: 1975-2005. Reafirman nuestro objetivo. El método biográfico entra en la Universidad, seguir profundizando en él nos permitirá a largo plazo sedimentar una escuela de pensamiento cuya experiencia la encontramos en los colegas de Paris 8. Como complemento, este número se enriquece con los aportes del profesor Christophe Charle, historiador de la Universidad de París 1. Con su anuencia he traducido del francés el texto que aquí presentamos. El doctor José Olmedo Ortega Hurtado, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca (Popayán-Colombia) nos comparte un texto sobre la flexibilidad, créditos y competencias. La doctora Luz Estela Giraldo L., de la Universidad Industrial de Santander (Bucaramanga-Colombia), contribuye en este número con un texto sobre educación en la sociedad del conocimiento y la información. Como aporte sociológico para este número nuestro colega, Carlos Massé N., de la Universidad Autónoma del Estado de México nos comparte un texto político donde traza la relación entre Estado dependiente latinoamericano y utopía universitaria. El conjunto de los textos aquí reunidos reafirman nuestra percepción según la cual la universidad ha perdido su espiritualidad debido a los principios neoliberales que inspiraron la década de los años ochentas del siglo anterior. Contra tal práctica y lógica, nuestro esfuerzo académico en la Maestría se constituye en un principio de resistencia y en un espacio de formación distinto en su concepción. Para nosotros, la formación es una experiencia vital que la educación superior debe comprender si queremos salvarnos de la miseria de la instrumentalización en la que están nuestras universidades sumidas y contra lo cual lucharemos sin cesar. Armando Zambrano Leal Director Maestría en Educación Superior |

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